SALUD - LEY DE TALLES

No es tu cuerpo, es la industria: la verdad sobre la falta de talles

Cinco años después de la sanción de la Ley de Talles, el acceso a ropa adecuada sigue siendo una deuda. La industria no cambia, el Estado no controla y miles de cuerpos siguen siendo excluidos.


"Si no entraba en un pantalón, el problema era yo. No la prenda, la marca o la industria. Yo". Así lo confesó Oriana Sabatini —actriz, modelo y cantante— en su podcast A dónde vamos cuando soñamos, donde compartió en profundidad su experiencia con los trastornos alimenticios. Allí relató cómo las exigencias estéticas del mundo del espectáculo la llevaron a odiar su cuerpo, a normalizar el hambre y a transitar años marcados por la culpa y la vergüenza. Sabatini explicó que las causas de su "TCA" fueron múltiples, pero señaló una con claridad: las presiones del entorno laboral. En una industria donde el cuerpo funciona como filtro, no encajar significaba quedarse afuera. "Si no entrás, te reemplazan. Así de simple", remarcó. Oriana, referente en la estética para miles de jóvenes, admirada por su belleza y sostenida por una carrera consolidada, también sintió que no era suficiente. Si le pasa a ella, ¿qué queda para el resto?

Su historia no es la excepción, son apenas una muestra visible de una problemática estructural que atraviesa a gran parte de la población argentina: la imposibilidad de encontrar ropa de su talle. En 2019, se sancionó la Ley 27.52, mejor conocida como "Ley de talles" con el objetivo de garantizar una oferta inclusiva de indumentaria. Sin embargo, cinco años después, su implementación efectiva sigue siendo una deuda pendiente. En el país, más de la mitad de las personas no consiguen ropa adecuada a sus medidas: no es solo una cuestión de moda, más bien de derechos y salud.

Según la encuesta nacional realizada por la ONG AnyBody Argentina en 2024, el 53% de las personas afirmó tener dificultades para encontrar un talle adecuado que se ajuste correctamente a su cuerpo. El 64% declaró que esa situación lo llevó a cuestionar su imagen corporal, mientras que un 36% reconoció haber adoptado conductas alimenticias de riesgo como respuesta a esa experiencia.

El problema no recae en cuerpos que no entran en una prenda, sino en una industria que sigue diseñando desde una matriz ajena. La mayoría de los moldes utilizados por las marcas en Argentina provienen de tablas europeas, con patrones corporales que poco tienen que ver con la diversidad física latinoamericana. "La mayoría de las marcas siguen utilizando talles que no representan al cuerpo argentino. Eso provoca que el consumidor sienta que su cuerpo es el problema, cuando en realidad lo que falla es el sistema", explicó Malena Castelao, activista y voluntaria de la ONG AnyBody Argentina.

La Ley de Talles intentó revertir esta situación mediante la implementación del Sistema Único Normalizado de Identificación de Talles de Indumentaria (SUNITI), que establece una tabla de medidas basada en un Estudio Antropométrico Nacional, realizado con tecnología 3D y datos representativos de toda la población. Sin embargo, la promesa se desdibujó en la práctica: el Estado no fiscaliza, las marcas no se adecuan y el Consejo Consultivo, organismo responsable de garantizar el cumplimiento de la ley, nunca se consolidó y llegó a funcionar de manera efectiva.

La normativa, que buscaba garantizar equidad y bienestar, hoy parece una promesa vacía. La industria de la moda argentina atraviesa un proceso de transformación lento y contradictorio, donde los discursos de inclusión y diversidad comienzan a ocupar un lugar más visible, sin embargo, no se perciben en la cotidianeidad. La brecha entre lo que se comunica y sanciona con lo que realmente sucede en la diaria continúa siendo abismal.

Durante la adolescencia, etapa clave en la construcción de la identidad, este tipo de vivencias puede tener consecuencias profundas. La frustración reiterada de no poder vestirse como se desea refuerza inseguridades, genera baja autoestima y abre la puerta a cuadros clínicos como la anorexia o la bulimia. En este escenario, no encontrar talle no es una incomodidad, es una forma de exclusión que atenta contra la salud física y emocional de las personas.

Si el acceso a la ropa ya es un problema estructural, entender cómo opera la industria lo convierte en una urgencia. La mayoría de las marcas no incorporan variedad real de talles porque implicaría una transformación profunda de su modelo de negocio: adaptar moldes, rediseñar prendas, ampliar el stock disponible, repensar la comunicación visual y reformular su identidad de marca. Y aunque esos cambios requieren inversión y planificación, el verdadero obstáculo parece ser cultural.

Argentina es el segundo país con mayor cantidad de casos de trastornos de la conducta alimentaria, de esta manera, resulta lógico y evidente que la moda todavía funcione bajo una lógica aspiracional. Más que ropa, se vende una idea de cuerpo, de pertenencia. Las marcas no ofrecen prendas, sino estilos de vida y cuerpos ideales: delgados, sin marcas, jóvenes y blancos. Las empresas lo refuerzan en campañas, catálogos y maniquíes. El mensaje es claro: si no entrás en la ropa, no sos parte del universo de la moda.

Esta estrategia de exclusión responde también al miedo de "romper con lo que funciona". En un contexto económico inestable, muchas marcas prefieren apostar a lo seguro. Producen para el cuerpo hegemónico porque es el que siempre estuvo representado y, por ende, el que supuestamente "más vende". La inclusión, cuando aparece, suele ser simbólica: un mensaje bienintencionado en redes, una modelo "plus size" cada tanto, una prenda XL con stock limitado. Un mensaje enmascarado no alcanza si no se cambia el discurso y la estructura que lo sostiene. La inclusión debe traducirse en medidas concretas, consistentes y visibles para evidenciar cambios reales.

No todas las marcas cuentan con los mismos recursos. Para los emprendimientos más pequeños, cumplir con la Ley de Talles puede representar un desafío real: adaptar moldes, ampliar la curva de talles y rediseñar la producción requiere inversión y tiempo. Pero incluso en estos casos, lo que muchas veces falta no es capacidad, sino voluntad. Se prioriza lo rentable por encima de lo justo, y en esa ecuación, quienes no encajan en el molde quedan afuera, literalmente. La ropa se convierte entonces en un objeto de exclusión social. No encontrar un talle no es solo un inconveniente práctico: es un mensaje simbólico y contundente. Es el recordatorio de que ese cuerpo, el propio, no entra en el mundo que otros diseñaron. Y es precisamente ahí donde el Estado debería intervenir.

Sin embargo, el rol estatal en esta problemática es, hasta hoy, débil. Desde la sanción de la Ley de Talles en 2019, la implementación efectiva del Sistema Único Normalizado de Talles de Indumentaria (SUNITI) quedó librada, en muchos casos, al buen criterio de los comercios. No existen controles sistemáticos, las inspecciones son mínimas y no se aplican sanciones ejemplares. La mayoría de la ciudadanía desconoce tanto la existencia de la ley como los canales para reclamar en caso de incumplimiento. Incluso las herramientas institucionales previstas, como la Dirección Nacional de Defensa del Consumidor, resultan ineficaces. Las denuncias son complicadas, los procesos se dilatan y, en muchos casos, concluyen en arreglos informales sin impacto real. Esto alimenta una percepción generalizada de impunidad: la ley está, pero nadie la hace cumplir.

Para que una política pública tenga efecto, no basta con sancionarla, hace falta aplicarla, sostenerla y comunicarla, y eso no está ocurriendo. No existen campañas informativas sostenidas, ni se impulsan programas de financiamiento o capacitación que acompañen a las marcas en la adecuación. Tampoco se brindan incentivos fiscales o logísticos que vuelvan viable el cumplimiento, especialmente en un contexto económico inestable. En un escenario complejo y sin ese respaldo, muchas empresas optan por no cambiar.

La consecuencia más grave no es el talle faltante, más bien todo lo que su ausencia provoca. El acceso a la ropa debería ser un derecho, no un privilegio. No obstante, si la ley que vino a garantizar no se aplica, no se controla ni se promueve, la transformación que prometía resulta vacía o nula.

¿De qué sirve una ley si nadie la cumple y nadie la hace cumplir? La Ley de Talles sigue dejando a miles de personas fuera del sistema. Mientras tanto, la falta de compromiso estatal provoca una exclusión que afecta de manera adversa la salud, tanto física como mental de miles de argentinos ¿Cuánto más deberá esperar la diversidad corporal y la salud alimentaria para ocupar, por fin, un lugar real en la agenda pública?

Fuera de Molde 
Investigación periodística (días martes, turno tarde) - 2025
Alumnos - Jazmin Campbell; Olivia Castelli Meyer; Juan Ignacio Diomede; Agustina Maciel; Charo Mancebo; Catalina Melnick
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